Ensalcemos los valores, no el odio
Los pueblos árabes han difundido durante miles de años entre sus habitantes una anécdota de profundo contenido social y filosófico con el objeto de motivarlos hacia la búsqueda permanente del progreso y buen desempeño cotidiano. Consiste en un padre que quiso probar cual de sus tres hijos era el que más amor sentía por él. Pues ellos porfiaban entre sí al reclamar para cada uno en particular el albergue del mayor amor hacia el buen padre y, por supuesto, a quien su padre reconociera mayor devoción dedicada a él, correspondería la mayor cuota de heredad. Mañana -dijo el padre a sus tres hijos- salgan del país y diríjanse a la nación que deseen ir, tómense unas vacaciones y cuando retornen cada uno me traerá un regalo. Según el valor de dicho regalo, yo juzgaré cuál de ustedes es el que guarda para mí el mayor afecto.
Pedro
Aquellos jóvenes partieron muy emocionados rumbo a una tierra lejana.
Durante el viaje su conversación giró sólo en torno a la adquisición del objeto que resultara del máximo agrado al padre. Murmuraban con sus bocas y sus pensamientos, como si quisieran engañarse unos a otros, sobre cómo sería el regalo preferido de su padre. Por ser tan jóvenes ignoraban que para un padre que se acerca a la tercera edad el obsequio de un hijo, no importa la sencillez del mismo, le provoca emocionalmente una impresión parecida a la que sentiría ver junto a él una bella mujer desnuda musitando una música de antaño, aquella música que fue para él honda y dulce como la raíz de la palmera. Y todo porque los verdaderos padres mueren convencidos que cada uno de sus retoños es una continuación de su propia existencia.
El mayor de los hermanos compró para obsequiar al padre una hermosa, tupida y blanda alfombra para que su padre caminara sobre ella en cualquier camino accidentado y guijarroso. El siguiente hermano quedó alucinado al ver en el escaparate de una tienda unos lentes que a su modo de ver más que espejuelos, eran un océano de rosas que perfumaban la dicha de vivir su casa. A pesar de su elevado precio, el chico compró los lentes para el padre. El menor de todos recorrió un centenar de boticas buscando una medicina que curara cualquier enfermedad que llegara a tener o tuviera su padre. Sin alarmarse por su alto costo, pidió todas las que quedaban en las tramerías, y a punto de reventar de satisfacción las envolvió como un fino y lujoso detalle para su padre.
Faltando aún muchas semanas para volver a casa, los jóvenes sintieron curiosidad por ver los regalos antes de llevarlos al padre. Quien compró los lentes probó mirar hacia su lejana casa. Miró que su padre estaba gravemente enfermo. El que compró la alfombra la extendió y corrieron todos sobre ella hasta llegar al hogar paterno. El hijo menor que compró la medicina que curaba todo tipo de enfermedad, al llegar, la suministró al padre enfermo y este sanó de inmediato. El padre entonces se maravilló y no pudo decir cual era el regalo que demostraba mayor amor de parte de sus hijos. Sin embargo, les dijo: “Veo que para mi curación los tres regalos han sido idénticamente importantes y ustedes tres han actuado unidos para complacerme y también salvar mi vida. De modo que ninguno fue mejor que el otro, sino que los tres juntos lograron el mejor propósito. Creo que los tres unidos y trabajando juntos alcanzaran todas las metas que quieran mientras vivan y esa es mi mayor ambición'.
Son valores como estos los que los dominicanos debemos inculcar a nuestros hijos y conciudadanos si queremos lograr la paz y la satisfacción que sólo proporciona el bienestar y el progreso material y espiritual. Ponemos demasiado énfasis en aquellos valores que son la hez y el pus de nuestra sociedad, en vez de hacer crecer valores eficaces que dejaremos como herencia a las generaciones futuras. Los ciudadanos de honor, de paz y los que hacen del trabajo honrado su credo y su filosofía, deben promoverlos como promueven a los detergentes. El fomento de los contravalores nos ha llevado al borde del barranco y la más leve brisa terminará precipitándonos al fondo de la disolución y degradación sociales, y entonces ¿a quién culparemos?
Durante el viaje su conversación giró sólo en torno a la adquisición del objeto que resultara del máximo agrado al padre. Murmuraban con sus bocas y sus pensamientos, como si quisieran engañarse unos a otros, sobre cómo sería el regalo preferido de su padre. Por ser tan jóvenes ignoraban que para un padre que se acerca a la tercera edad el obsequio de un hijo, no importa la sencillez del mismo, le provoca emocionalmente una impresión parecida a la que sentiría ver junto a él una bella mujer desnuda musitando una música de antaño, aquella música que fue para él honda y dulce como la raíz de la palmera. Y todo porque los verdaderos padres mueren convencidos que cada uno de sus retoños es una continuación de su propia existencia.
El mayor de los hermanos compró para obsequiar al padre una hermosa, tupida y blanda alfombra para que su padre caminara sobre ella en cualquier camino accidentado y guijarroso. El siguiente hermano quedó alucinado al ver en el escaparate de una tienda unos lentes que a su modo de ver más que espejuelos, eran un océano de rosas que perfumaban la dicha de vivir su casa. A pesar de su elevado precio, el chico compró los lentes para el padre. El menor de todos recorrió un centenar de boticas buscando una medicina que curara cualquier enfermedad que llegara a tener o tuviera su padre. Sin alarmarse por su alto costo, pidió todas las que quedaban en las tramerías, y a punto de reventar de satisfacción las envolvió como un fino y lujoso detalle para su padre.
Faltando aún muchas semanas para volver a casa, los jóvenes sintieron curiosidad por ver los regalos antes de llevarlos al padre. Quien compró los lentes probó mirar hacia su lejana casa. Miró que su padre estaba gravemente enfermo. El que compró la alfombra la extendió y corrieron todos sobre ella hasta llegar al hogar paterno. El hijo menor que compró la medicina que curaba todo tipo de enfermedad, al llegar, la suministró al padre enfermo y este sanó de inmediato. El padre entonces se maravilló y no pudo decir cual era el regalo que demostraba mayor amor de parte de sus hijos. Sin embargo, les dijo: “Veo que para mi curación los tres regalos han sido idénticamente importantes y ustedes tres han actuado unidos para complacerme y también salvar mi vida. De modo que ninguno fue mejor que el otro, sino que los tres juntos lograron el mejor propósito. Creo que los tres unidos y trabajando juntos alcanzaran todas las metas que quieran mientras vivan y esa es mi mayor ambición'.
Son valores como estos los que los dominicanos debemos inculcar a nuestros hijos y conciudadanos si queremos lograr la paz y la satisfacción que sólo proporciona el bienestar y el progreso material y espiritual. Ponemos demasiado énfasis en aquellos valores que son la hez y el pus de nuestra sociedad, en vez de hacer crecer valores eficaces que dejaremos como herencia a las generaciones futuras. Los ciudadanos de honor, de paz y los que hacen del trabajo honrado su credo y su filosofía, deben promoverlos como promueven a los detergentes. El fomento de los contravalores nos ha llevado al borde del barranco y la más leve brisa terminará precipitándonos al fondo de la disolución y degradación sociales, y entonces ¿a quién culparemos?
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